El Athletic Club de Bilbao regresa, 24 años después, a una final de Copa. Ningún equipo español tiene tanto espíritu de Copa como tiene el club bilbaíno, un equipo que parece forjado en la tradición del fútbol inglés y la administración y política del equipo más especial del planeta. Al Athletic le hace grande su estadio, San Mamés, con una afición que ayer, frente al Sevilla, demostró ser un auténtico jugador número doce. Los de Caparrós salieron muy enchufados al partido y Javi Martínez encarriló la eliminatoria en el primer ataque. El resto del partido el graderío no paró: gritos constantes por el Athletic y, sobre todo, una pitada incesante cada vez que el Sevilla cruzaba la mitad de campo esperando que así cada aficionado rojiblanco pudiese poner su granito de arena en forma de desconcentración a los jugadores de Manolo Jiménez.
Con los goles de Llorente y Toquero se certificó un momento muy especial para el club. Es el primer gran éxito de la generación actual porque el nuevo espíritu del Athletic, el de los jóvenes, no entendía de logros. Los mayores hablaban de Iríbar, de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza; pero los de ahora necesitan encontrar sus propios ídolos. Seguramente el Athletic no vuelva a ser lo que antes, pero hechos como el de ayer permitirán hablar con más orgullo de los últimos años, desde Guerrero hasta Llorente pasando por Etxeberría.
La política del Athletic es un orgullo en la esencia del fútbol, eso que le hace tan especial, y un obstáculo en lo deportivo. Fichar sólo jugadores de origen vasco-navarro en el entorno actual hace muy difícil la supervivencia, y así lo han vivido los rojiblancos en los últimos años. Pero la Copa es otra cosa, ahí la casta y la inspiración se cobran por el doble y cualquier jugador puede ser determinante una eliminatoria. Es por eso que la Copa tiene que seguir siendo la esencia del Athletic, esa competición donde su política no es una limitación.
